La ultima vez que nos sentamos a hablar era martes por la tarde. El martes era su dia favorito para salir a pasear, por eso me extrañó su insistencia en que nos reuniesemos. Llevaba un tiempo algo hermético. Se habia perdido la luz que siempre brillaba en sus ojos. Y ultimamente repetia mucho ese gesto tan suyo de guiñar un ojo mientras miraba a través de la "O" que dejaba entre sus dedos pulgar e índice de su mano derecha. Creo que siempre le recordaré así. Mirando a través de ese monóculo improvisado. Buscándose, seguro, antes cuando todo era mucho más fácil. Ahora es mayor. Mucho mas mayor que hace dos meses. Mucho más viejo. Mucho más triste. Acudí, como digo, con una mezcla de angustia e ilusión en las tripas. Si, soy muy visceral. Todo se me acumula en las tripas. Sobre todo la angustia (tiende a angustiarme todo lo que no me ilusiona) y la ilusion (tiende a ilusionarme casi todo lo que no me angustia). Entré sin llamar, como siempre. Como le había visto tantas veces hacer. Y, como siempre, le ofrecí la mejor de mis sonrisas.
El no sonreía. Estaba mirando por la ventana, como imaginas que mira por la ventana esa gente que ha perdido a alguien. Que espera que un día ese alguien gire la esquina y salude con la mano. Sólo que él se quiere ver a sí mismo. Con esa sonrisa que dejaba entrever que le faltaba un diente perdido en una tonta caída (cómo le gustaba decir la paliza que le había dado al otro). Y esas patillas orgullosas que enmarcaban un rostro bello. Bello y sin arrugas. Un rostro con más historias de las que te puedas imaginar. Más de las que te puedes creer. Pero ahí está la gracia. Si separas la realidad de la ficción acabas con el hombre. Y ahora mismo están acabando con él. Poco a poco. Ya se han comido casi todo lo que era. Se lo han comido los recuerdos, sus enemigos, esos pasos que no dió porque no supo. Los momentos de fuerza (alguien como él debía aprovecharlos). Las intrasigencias del pasado. Las dudas que nunca admitió y todas las veces que se equivocó. La habitación estaba llena. Creí que no iba a caber entre tanta gravedad. Entre tanta suciedad. Tanto humo. Tanto hedor...y le ofrecí la mejor de mis sonrisas.
Me senté en la silla negra que siempre me correspondía, justo delante de él. Me pareció por un momento que le tapaba la visión de su otro yo, de su yo de hace dos meses, porque se levantó y se sentó a mi lado. Y entonces me lo pidió. Era la primera vez que me pedía algo. Hasta ahora me lo habia exigido todo. Siempre con una sonrisa, eso si, que ese diente que le faltaba le confería un toque antihéroe, de los que siempre han sido mis favoritos. Por eso noté su desesperación mejor que nadie lo podría haber hecho. Y me pidió una salida. Y es precisamente eso algo que yo no le puedo dar. Tengo tres, pero las tres son para mi. Tienen mi nombre escrito en la llave. Mi nombre que es el suyo, pero por una vez no puede engañar a nadie para pasar en mi lugar. Le expliqué que no había salidas para él. Y le ofrecí traer la pala y empezar al dia siguiente. A clavarla en el suelo y empezar a remover la tierra. A ver lo que hay debajo. A ver lo que le (nos) está quemando los pies. Y, si quería, entre los dos fabricarnos una salida con un gran cartel y una flecha que le indique el camino,para que no se perdiera, por si acaso no podia usar su monóculo. Se me quedó mirando, debastado. Simplemente se levantó y se fué. No tenia fuerzas para idear ninguna maniobra. Era ya tarde para él. Para su nueva version de él. Antes de cerrar la puerta y dejarme allí solo, en medio de esa sala enorme llena de nada, me miró. Han ganado. Solo quería descansar. Dejarse llevar. Perder si es necesario. Perder. Por primera vez, aceptar perder. Me fijé y el brillo de sus ojos eran lágrimas. Un hijo no debe ver a su padre llorar.